En el pórtico del templo masónico se alzan, desde tiempos inmemoriales, dos columnas de imponente presencia conocidas por los iniciados con las letras B y J, denominadas Boaz y Jachin, cuya misión simbólica trasciende con mucho la función ornamental. Ellas custodian la entrada del sagrado recinto, dispuestas una a la izquierda y otra a la derecha del umbral, recordando a todo hermano que se apresta a franquearlo que toda construcción perdurable exige cimientos inconmovibles. Del mismo modo que las antiguas tradiciones del arte de construir atribuyen a estos dos pilares el sostenimiento de los templos más egregios, la simbólica del Grado enseña que ninguna obra digna, sea material, intelectual o moral, puede alzarse sin la fortaleza y la firmeza que aquellos representan. El aprendiz que se detiene ante ellas comprende, desde su primer paso, que el verdadero templo comienza a edificarse en el interior del hombre antes de manifestarse en el mundo.
La fuerza y la estabilidad, simbolizadas respectivamente en cada uno de estos pilares, constituyen las virtudes cardinales que sostienen tanto la fábrica de piedra como la fábrica del espíritu humano. El masón reflexivo sabe bien que la fuerza sin estabilidad degenera en impulsos desordenados, y que la estabilidad sin fortaleza no es más que quietud estéril; por ello contempla en las dos columnas una lección de equilibrio, donde la energía fecunda para emprender grandes designios se hermana con la perseverancia indispensable para llevarlos a término. La tradición del Orden enseña que el verdadero poder no es aquel que se impone por la violencia o la mera voluntad del momento, sino aquel que permanece inalterable ante la adversidad, que sirve de apoyo cierto a los hermanos y que, como el granito tallado por el cincel, acrecienta su solidez con el paso del tiempo. En este sentido, B y J nos invitan a cultivar la fortaleza serena del que sabe resistir sin quebrarse y la constancia luminosa del que persevera sin desmayo.
Cuando el iniciado atraviesa el espacio sagrado comprendido entre ambas columnas, contrae en el fondo de su conciencia un compromiso que ya no podrá eludir: el de convertirse él mismo en columna viva del templo de la humanidad, capaz de sostener el peso de sus deberes con ánimo templado y de mantenerse firme frente a las vicisitudes de la fortuna. La lección masónica no se detiene en las paredes del taller, pues el ciudadano que cultiva su fortaleza interior y contribuye a la estabilidad de la sociedad levanta, piedra sobre piedra, el edificio común de la civilización. De esta manera, las letras B y J no son únicamente emblemas de una liturgia venerable, sino principios activos que el hermano debe llevar consigo más allá del umbral, transformando el conocimiento en carácter y el carácter en servicio fecundo. Caminar entre las dos columnas es, en suma, consagrarse a la tarea perpétua de edificar, con voluntad inquebrantable y espíritu sereno, una comunidad más justa, más fraternal y más luminosa.
