La Columna B, conocida también como Boaz, se alza majestuosa en el lado septentrional del Templo como uno de los primeros símbolos que el Aprendiz contempla al franquear el umbral de la augusta Logia. Su nombre, tomado de las Sagradas Escrituras, evoca la fortaleza de aquel pilar que el Rey Salomón erigiera a la entrada del Templo de Jerusalén, y en la tradición masónica su ubicación boreal la convierte en la estación simbólica del Aprendiz, quien encuentra en ella la representación de la fuerza primigenia que debe cultivar antes de emprender cualquier obra interior. Es, por tanto, la Columna del principio, la que sostiene el peso de la iniciación y la que recuerda al neófito que toda construcción espiritual exige, como primer cimiento, la solidez del carácter y la firmeza del propósito.
La fuerza que encarna esta columna no es la violencia del músculo ni el ímpetu ciego de la pasión, sino aquella fortaleza serena y reflexiva que proviene del dominio de sí mismo y del acatamiento consciente de la ley moral. El Aprendiz, al detenerse ante ella, aprende que la verdadera fuerza masónica es interior: es la capacidad de resistir las asechanzas de los vicios, de sostener el peso de los compromisos libremente contraídos y de permanecer inmutable ante las adversidades que la vida profana pudiera presentarle. Esta fortaleza filosófica se alimenta del estudio, de la meditación y de la práctica constante de las virtudes, de modo que la columna no simboliza un don natural, sino una conquista gradual del espíritu sobre la materia, una disciplina que transforma al hombre vulgar en un obrero digno del Templo universal.
En la instrucción inicial del Aprendiz, la Columna B cumple la función de un norte simbólico, un punto de orientación que indica la dirección hacia donde debe proyectarse el trabajo personal de desbaste y pulimento de la piedra bruta. Quien se inicia contempla en ella el espejo de sus propias debilidades y, al mismo tiempo, el modelo de la fortaleza que debe alcanzar mediante la perseverancia en los trabajos de Logia, el respeto a los usos y costumbres y la escucha atenta de las enseñanzas de los Maestros. Así, el Aprendiz comprende que su caminar por el arte real comienza no en la luz radiante del Oriente, sino en la penumbra laboriosa del septentrión, donde la fuerza aún informe espera ser tallada por la virtud hasta convertirse en una piedra cúbica apta para la gran obra de la humanidad.
