Entre las herramientas que el masón contempla al ingresar al taller, dos se presentan con una elocuencia singular: la Plomada y el Nivel, cuya geometría elemental encierra una lección de hondura insospechada. La Plomada desciende desde lo alto siguiendo la atracción invariable de la gravedad, y al hacerlo traza una línea recta que ninguna complacencia puede torcer; el Nivel, por su parte, se extiende a lo ancho y declara que toda superficie sobre la que se asienta es, en principio, igual a cualquier otra. Son instrumentos que hablan un lenguaje anterior a las palabras, pues antes de que el hombre levantara templos ya había aprendido a mirarse a sí mismo y a medir al prójimo con varas que no engañan. Reunidos, nos enseñan que la vida moral posee dos dimensiones inseparables: una que baja hacia el fondo de la propia conciencia y otra que se proyecta hacia los lados, buscando el rostro de los demás hermanos.
La Plomada nos concierne ante todo a nosotros mismos, porque su verticalidad es la medida de la rectitud interior y no la vara con la que se juzga al vecino. El masón, al suspenderla frente a su pecho, entiende que su espíritu debe colgar libre de inclinaciones torcidas, sin que el peso del interés, la vanidad o la pasión lo desvíe de la línea que lo une con lo Alto. Verticalidad no es rigidez de carácter ni frialdad de corazón, sino aquella entereza serena que permite al hombre permanecer de pie cuando los vientos del mundo soplan, conservando la nobleza de sus principios sin desdecirse jamás de su palabra. Quien ha aprendido a sostenerse bajo la Plomada puede mirar de frente, porque su conciencia no le reprocha y su conducta no se aparta del surco trazado por la razón y el deber. Esta es la primera lección del temple masónico: aprenderse de memoria a uno mismo, saberse responsable de la propia verticalidad y cultivar, día a día, esa línea interior que ningún instrumento material podría trazar con tanta exactitud.
El Nivel, hermano inseparable de la Plomada, nos recuerda que aquella rectitud individual no tendría sentido moral alguno si no se prolongara, como un horizonte, hacia los demás hombres. En la Logia, como en la vasta obra del mundo, todos los hermanos se encuentran sobre un mismo plano, sin que la fortuna, el nacimiento o el oficio eleven a uno por encima de otro ni lo rebajen por debajo de sus semejantes. La horizontalidad del Nivel es la gran declaración de igualdad que hermana a los hombres ante el Gran Arquitecto y ante su propia conciencia, pues al nivelarlos declara que ningún título artificial puede suplir a la dignidad esencial del ser humano. Pero la igualdad que enseña el Nivel no es uniformidad ni confusión de los méritos, sino aquella justicia serena que reconoce en cada hermano un igual en derechos y en obligaciones, un compañero de camino y no un competidor. Así, mientras la Plomada nos enseña a ser rectos por dentro, el Nivel nos enseña a ser justos por fuera, y juntos dibujan la cruz invisible sobre la cual se levanta, piedra sobre piedra, el templo interior del masón.
