El Templo de Salomón no es solamente un monumento histórico de la antigüedad oriental, ni una mera referencia bíblica para el iniciado: es, ante todo, el arquetipo universal de la construcción interior que todo ser humano está llamado a realizar sobre sí mismo. Así como en otro tiempo se alzó sobre el monte Moriah una obra de piedra, madera y metal, consagrada al orden, a la proporción y al misterio, también en el corazón del hombre debe levantarse un edificio interior donde la razón ocupe el lugar de la columnata, la justicia el del santuario y la voluntad el de los cimientos. La Masonería, heredera de esta antigua alegoría, no enseña a construir templos materiales, sino a descubrir, mediante el trabajo paciente sobre uno mismo, que toda verdadera arquitectura es, en definitiva, una arquitectura moral, donde cada piedra puesta en su lugar representa una virtud conquistada y cada herramienta empuñada simboliza el esfuerzo deliberado del espíritu.
En este templo edificado hacia adentro, cada uno de sus elementos posee una correspondencia precisa con las potencias y facultades del hombre. Los cimientos, ocultos a los ojos del mundo, representan la humildad y la sinceridad sin las cuales ninguna obra perdurable puede levantarse; las columnas, firmes y simétricas, son la fortaleza y la sabiduría que sostienen el peso de las pasiones domeñadas; el atrio, abierto a la luz, simboliza la vida social donde el hombre ejercita la tolerancia y la fraternidad; y el Sancta Sanctorum, lugar de silencio y recogimiento, figura la conciencia individual, ese recinto íntimo donde únicamente la verdad puede habitar. Las herramientas del albañil —el compás, la escuadra, el nivel y la plomada— no son, pues, instrumentos de oficio, sino emblemas de las operaciones que la razón ejecuta sobre el caos interior: medir para no excederse, nivelar para no caer, escuadrar para no obrar con doblez y compasar para mantener la justa distancia entre el yo y el mundo.
Pero si el Templo de Salomón permanece como modelo eterno es precisamente porque, como toda obra verdaderamente humana, jamás se da por concluida. La tradición nos recuerda que, antes de ser destruido por la incuria de los tiempos, aquel edificio fue sometido a perpetua restauración, y cada generación de constructores añadió, corrigió o consolidó aquello que el uso o el abandono habían deteriorado. Del mismo modo, el hombre moral no es un ser acabado, sino un arquitecto perpetuo de su propio carácter: ha de derribar el orgullo cuando se levanta como torre vanidosa, ha de rectificar los muros cuando la mentira los agrieta, y ha de mantener limpio el altar interior para que la luz de la inteligencia no se extinga. Comprender, entonces, que cada uno de nosotros lleva dentro un templo en obra —a veces inconcluso, a veces ruinoso, a veces digno de admiración— es la lección primera y última que esta venerable alegoría nos ofrece: la de que la dignidad del hombre no reside en haber terminado su edificio interior, sino en no interrumpir jamás la noble tarea de construirlo.
