Historia del Taller
RITO SIMBÓLICOEn las páginas más luminosas de la historia masónica chiapaneca, la Logia Dr. Domingo Chanona No. 5 de Tuxtla Gutiérrez ocupa un sitial preeminente, cuya venerable antigüedad le ha valido el honroso título de Antigua, Digna, Leal y Perseverante, distinción que las hermanas de la razón y la virtud reconocen con legítimo orgullo. Erguida sobre los cimientos del liberalismo ilustrado que Domingo Chanona contribuyó a forjar en estas tierras, esta augusta asamblea ha consagrado, siglo tras siglo, sus talleres y sus luces al cultivo de la filantropía, al progreso moral del pueblo y a la difusión de aquellos ideales de la Ilustración que proclaman la dignidad del hombre, la tolerancia y el imperio de la ley. Sus columnas, testigos silenciosos de incontables cadenas de unión, continúan siendo refugio de los hijos de la viuda, donde el estudio de las ciencias sociales y la práctica del bien se confunden en un mismo y fecundo abrazo fraternal. Así, la Logia Chanona permanece como faro espiritual y ciudadano de Tuxtla Gutiérrez, recordando a las generaciones presentes que la verdadera nobleza tan sólo se alcanza por el ejercicio constante del amor al prójimo y de la razón bien templada.
En los albores de enero de 1923, cuando aún resonaban los ecos de la Revolución Mexicana y el país buscaba reorganizar sus instituciones bajo nuevas ideas de progreso y tolerancia, quedó solemnemente instalada en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez la Logia que llevaría por nombre distintivo el de Domingo Chanona, figura emblemática del liberalismo chiapaneco y orgullo de las letras y la jurisprudencia de la región. En su origen, este taller fue registrado bajo la obediencia de la muy respetable Gran Logia del Valle de México, con el número veintidós, denominación que durante una década identificó a los hermanos que en sus tenidas conspiraban con el cincel y la plomada para construir, piedra a piedra, un porvenir más justo y fraternal. Bajo aquella primigenia numeración, los miembros de la Logia Domingo Chanona se consagraron a la práctica de las virtudes masónicas, al estudio de los símbolos y a la difusión de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que el espíritu revolucionario había prometido al pueblo mexicano, convirtiéndose en una de las células más activas del pensamiento liberal en la entonces capital del estado de Chiapas.
La década de los veinte y los primeros años de los treinta estuvieron marcados por profundas transformaciones en la organización regular del masonismo mexicano, pues tras las escisiones y reunificaciones que conmovieron a las grandes obediencias del país, la Logia Domingo Chanona encontró en el año de 1933 su reencuadre institucional definitivo, reescribiéndose en los registros con el número cinco, aquella cifra simbólica que desde entonces la distinguiría con claridad entre las demás logias de la entidad. Esta nueva numeración no fue mero trámite administrativo, sino expresión de una voluntad renovadora y de un compromiso más firme con la regularidad y la estabilidad de los trabajos, puesto que la logia supo sortear las tormentas políticas y las divisiones internas que aquejaron a otras tenidas hermanas, consolidando su mesa de trabajo y su cuadro de oficiales con una perseverancia que ya entonces comenzaba a distinguirla como baluarte de la masonería tuxtleca. La figura egregia de Domingo Chanona, pensador, poeta y jurisconsulto que diera lustre a la filosofía liberal mexicana del siglo XIX, permanecía así como faro inspirador de los hermanos que semana tras semana concurrían al templo a practicar los antiguos landmarks de la Orden.
Con el paso de los años, la Logia Domingo Chanona Número Cinco se erigió en el taller más estable y perseverante de la capital chiapaneca, atravesando generaciones, conflictos y transformaciones sociales con la fortaleza de quien tiene sus cimientos asentados sobre la roca inamovible de los principios. Su papel dentro de la organización liberal posrevolucionaria fue determinante, pues fungió como espacio de encuentro para ciudadanos, profesionistas, educadores y servidores públicos que encontraron en la institución masónica un cauce legítimo para cultivar el pensamiento libre, estrechar lazos de hermandad y contribuir, desde la trinchera silenciosa del ágora simbólica, a la consolidación de las instituciones republicanas y al perfeccionamiento moral de la comunidad. Así, la perseverancia de sus cuadros, la continuidad de sus luces y la fidelidad a su venerable nombre han hecho de la Domingo Chanona una de las columnas más sólidas de la masonería chiapaneca, heredera de una tradición liberal que en Chiapas escribió páginas luminosas con la tinta indeleble de la fraternidad y el servicio.

Dr. Domingo Chanona Rodríguez

Domingo Chanona Rodríguez nació en el año de 1849 en la siempre fiel y generosa Tuxtla Gutiérrez, capital del entonces Departamento de Chiapas, en una época en que la naciente república mexicana buscaba consolidar sus instituciones y forjar los cimientos de una patria libre y soberana. Desde temprana edad demostró una inclinación singular hacia el estudio de las ciencias naturales y una vocación profunda por el alivio del sufrimiento humano, lo que lo condujo a emprender la carrera de medicina en reconocidas instituciones de la capital del país. Tras obtener el título de médico cirujano, regresó a su tierra natal con el firme propósito de servir a su comunidad, no buscando la gloria efímera de los honores mundanos, sino aquella satisfacción íntima que solo otorga el cumplimiento del deber para con los más necesitados.
Cuando las devastadoras epidemias de fiebre amarilla y viruela azotaron con singular crueldad al pueblo chiapaneco, el doctor Chanona Rodríguez se erigió como un verdadero paladín de la vida humana al frente de la Casa de Salud, institución desde la cual coordinó una labor titánica de atención gratuita a los enfermos, sin reparar en horarios, fatigas ni riesgos personales. Con el mismo temple con que el estoico enfrenta la adversidad, recorría calles y caminos llevando consuelo a los hogares enlutados, administrando medicinas con sus propias manos y velando el sueño de los moribundos cuando la muerte parecía inminente. Su figura, siempre serena en medio del caos, se convirtió para los tuxtlecos en sinónimo de esperanza, de caridad cristiana y de abnegación sublime, pues jamás cobró un solo centavo por sus servicios en aquellos años aciagos, considerando que la salud del pueblo era un derecho sagrado que ningún hombre de ciencia debía escamotear tras las rejas de la especulación.
En el terreno de la francmasonería, el doctor Domingo Chanona Rodríguez fue reconocido como un hermano exemplaire, cultivador asiduo de las virtudes que distinguen al iniciado verdadero: la tolerancia serena, la fraternidad sin distingos, la búsqueda incesante de la luz del conocimiento y el amor sublime por la humanidad entera. En las tenidas y ágapes de su respetable logia, su palabra era escuchada con reverencia, pues en él se conjugaban la ciencia del galeno con la sabiduría del filósofo y la piedad del hombre bueno que ha comprendido que toda verdad profunda conduce al amor al prójimo. Su legado humanitario perdura no solo en la memoria colectiva de los chiapanecos, sino en el ejemplo imperecedero que legó a las generaciones posteriores de médicos y masones, demostrando con hechos concretos que el verdadero progreso de una sociedad se mide por la capacidad de sus hombres más ilustres de entregarse desinteresadamente al servicio de los demás, hasta convertir la propia existencia en un altar viviente donde se sacrifican las comodidades propias en aras del bienestar común.
Calle 5a. Poniente No. 1, esq. Av. Central, Centro, CP 29000, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas