Estudios Masónicos
Primer Grado • Aprendiz Masón

Las Tres Luces Menores

Volver a EstudiosCÁMARA DE INSTRUCCIÓN
Las Tres Luces Menores de la Masonería: el Sol, la Luna y el Venerable Maestro simbolizan sabiduría, fuerza y belleza. Conoce cómo estas luces ancestrales guían al iniciado en su perfeccionamiento moral.

En el augusto templo donde se reúnen los hijos de la Luz, tres lámparas arden con resplandor sereno, no para disipar las tinieblas del mundo exterior, sino para ordenar y dignificar los trabajos del espíritu. Son las llamadas Tres Luces Menores, así denominadas porque, aunque esenciales para el gobierno de la Logia, se subordinan a las Tres Grandes Luces que iluminan la conciencia del iniciado. El Sol, la Luna y el Venerable Maestro presiden, desde sus respectivos sitiales, la armonía de la asamblea, recordándonos que ninguna obra duradera puede emprenderse sin la guía de la inteligencia, el sostén del ánimo y la prudencia de quien sabe templar ambos extremos. Ellas regulan las horas del trabajo y del descanso, señalan la apertura y la clausura, y mantienen vivo, durante toda la tenida, el fuego sagrado que congrega a los hombres libres y de buenas costumbres en torno al ara de la fraternidad.

El Sol, astro-rey del día, gobierna la Logia con su luz meridiana y simboliza la Sabiduría, principio intelectual que discierne la verdad, ilumina el entendimiento y esclarece los caminos de la razón. Cuando el Venerable se sienta en el Oriente de su Logia, no hace sino ocupar el lugar que aquel astro ocupa en el firmamento: desde allí proyecta su claridad sobre las columnas, distingue los grados del conocimiento y despierta en el corazón de cada hermano el anhelo de contemplar las cosas en su esencia más pura. La Luna, por su parte, reina en la noche con su plata silenciosa y gobierna las aguas, los crecimientos y las mareas; ella representa la Fuerza, no como potencia ciega, sino como vigor sereno que sostiene, conserva y da curso regular a cuanto la Sabiduría concibe. Así como el astro nocturno refleja la luz que recibe y la distribuye con suavidad sobre la tierra dormida, la Fuerza en el hombre justo es obediencia a lo verdadero, energía templada por la justicia y constancia inquebrantable en el cumplimiento del deber.

De la unión sabia de la Sabiduría y la Fuerza nace, como fruto natural, la Belleza, que en la ordenación simbólica de la Logia encarna el Venerable Maestro. Él es, en efecto, el lazo vivo entre lo que se piensa y lo que se ejecuta, el artífice que armoniza los talentos diversos de sus oficiales y los hace concurrir, como un coro bien concertado, hacia una obra común. En su persona se compendia el ideal del hombre completo: inteligencia para discernir, voluntad para perseverar, y mesura para que ambas potencias se ordenen en una proporción que deleite a la vista y eleve al espíritu. Contemplar al Maestro en su trono es, pues, contemplar el arquetipo de la Belleza moral, aquella que no nace del ornato pasajero sino del concierto interior entre lo verdadero, lo bueno y lo útil. Quien aspire a sentarse algún día en ese sitial habrá de cultivar, día tras día, estas tres luces en su propio pecho, hasta que su vida entera se convierta, como enseña la vieja simbólica del arte, en un templo iluminado donde la Sabiduría alumbre, la Fuerza sostenga y la Belleza reine.