La Regla de veinticuatro pulgadas, instrumento familiar a todo Aprendiz que se inicia en los augustos misterios del Arte, no es ya para nosotros el compás de los antiguos constructores ni la vara con que medían los sillares de los templos, sino ante todo una lección muda, una medida moral que se aplica a la vida entera del hombre libre y de buenas costumbres. Sus veinticuatro divisiones, iguales en número y en proporción, nos enseñan a distribuir el tiempo —que es la más preciosa y fugitiva de cuantas mercedes se nos conceden— en tres porciones de ocho horas cada una: la primera consagrada al estudio y al cultivo del espíritu, es decir, a aquellas ocupaciones que dignifican el entendimiento y lo acercan al conocimiento de lo verdadero; la segunda dedicada al trabajo útil, al ejercicio honesto de nuestra profesión, con el cual servimos a la comunidad y ganamos el sustento propio y ajeno; y la tercera reservada al reposo, al alimento del cuerpo y a la serenidad del ánimo, sin la cual el hombre se agota y se convierte en instrumento estéril de sí mismo. Esta tripartición no es una invención caprichosa de los modernos, sino una ley venerable que las viejas constituciones nos han transmitido como norma de prudencia y de templanza.
Quien aprende a leer en esta sencilla regla aprende al mismo tiempo a leer en el libro de su propia existencia, porque el tiempo bien repartido es la sustancia misma de la virtud y la condición indispensable de toda obra durable. Nada se construye sin medida, y nada se conserva sin el ritmo sabio que alterna el esfuerzo con la reflexión y el silencio; de igual modo, la sociedad se sostiene cuando cada uno de sus miembros consagra una parte de sus días a mejorarse interiormente, otra a producir con sus manos o con su ingenio los bienes necesarios para la vida común, y otra finalmente a recobrar las fuerzas que el trabajo consume, sin las cuales ni la justicia ni la caridad podrían ejercitarse con fruto. La Regla nos enseña, pues, a no ser esclavos de ninguna de estas tres ocupaciones en exclusivo, porque quien todo lo da al estudio se hace inútil para los demás, quien todo lo entrega al trabajo se embrutece, y quien todo lo abandona al reposo se envilece. Sólo en el justo equilibrio se forma el hombre cabal, ciudadano útil y hermano discreto, capaz de cumplir con sus obligaciones hacia lo Alto, hacia sus semejantes y hacia sí mismo.
Mas hay todavía una enseñanza más honda que se oculta bajo esta medida y que sólo el tiempo y la meditación van revelando al Masón reflexivo: que la vida entera del iniciado es un día simbólico que debe igualmente dividirse, y que cada hora bien empleada es una piedra tallada para el edificio invisible que todos estamos construyendo dentro de nosotros mismos. La jornada del Aprendiz, la del Compañero y la del Maestro se miden con la misma vara, y el progreso verdadero no consiste en adelantar precipitadamente ni en detenerse indolentemente, sino en avanzar con paso firme, guardando siempre la proporción entre lo que se piensa, lo que se hace y lo que se descansa. Así entendido, el símbolo se transforma en una filosofía cotidiana, y el tiempo, que en manos del ignorante es arena que se escapa, se convierte en manos del iniciado en oro puro que se aquilata, se guarda y se transmite. La Regla de veinticuatro pulgadas es, en suma, la brújula serena del hombre libre: le recuerda que la sabiduría consiste no en poseer más horas, sino en dar a cada hora el destino que le corresponde.
