En la ceremonia de iniciación, cuando el Aprendiz es despedido de Oriente y conducido por el Venerable Maestro a dar sus tres pasos rectos hacia el Oriente, no se ejecuta un mero desplazamiento físico por la Loja, sino que se verifica un acto simbólico de profundo contenido filosófico. Cada paso representa la conquista gradual de una facultad del espíritu sobre las potencias inferiores que lo atan al mundo profano: el primero afirma el dominio de la voluntad sobre la vacilación del neófito; el segundo asegura la disciplina de la razón sobre la curiosidad desordenada; y el tercero, finalmente, consagra la obediencia ilustrada del iniciado a la Ley simbólica que ilumina la marcha de los hombres. Estos tres pasos, dispuestos en línea recta hacia la fuente de la luz, enseñan que el verdadero conocimiento no se alcanza por rodeos ni por el cómodo descanso en los umbrales del Templo, sino por una progresión decidida, ordenada y resuelta que no tolera titubeos ni desvíos.
Sin embargo, el Aprendiz no avanza sobre una ruta desprovista de obstáculos, pues a su lado y delante de él pululan los escollos profanos, esas cadenas invisibles tejidas por la ignorancia, el vicio, la vanidad y el interés mezquino que amenazan con detener su elevación. La ignorancia, madre de toda superstición, pretende confundirlo con explicaciones oscuras; el vicio lo seduce con promesas de placer inmediato; la vanidad lo impulsa a buscar luces ajenas antes de haber encendido la suya propia; y el interés mezquino quisiera reducir la ciencia sagrada a un instrumento de medro personal. El simbolismo de los tres pasos rectos enseña, entonces, que tales adversarios solo se superan con una voluntad firme, una razón templada y una obediencia verdadera, fuerzas que, labradas en la piedra bruta del corazón profano, labran poco a poco la piedra cúbica sobre la cual el Aprendiz podrá más tarde asentar las verdades que la Logia le confiará.
De esta manera, la marcha hacia el Oriente, vista desde la mirada serena del filósofo, resulta ser una alegoría completa del destino humano: todo hombre dignamente empeñado en su propia dignificación debe franquear, en algún momento de su vida, pruebas equivalentes a esos tres pasos, pues la sabiduría exige tránsito, el tránsito exige dirección, y la dirección exige el rumbo fijo del Oriente, es decir, de aquello que en nosotros mismos constituye la luz inteligible y el principio ordenador. Marchar, pues, con paso firme, sin detenerse en los halagos de los sentidos ni en las voces turbadoras del mundo exterior, equivale a profesar de manera práctica los primeros postulados de la moral masónica: rectitud en el pensamiento, firmeza en la acción y constancia en el deber. Cuando el Aprendiz haya grabado en su conciencia esta triple lección, habrá vencido, al menos en su primera jornada, los escollos profanos, y podrá, finalmente, presentarse en Oriente no ya como un postulante curioso, sino como un hombre libre, prudente y laborioso, digno de avanzar por la vía iniciática.
